Se abre en una pestaña nueva

Salud digital y género: ¿hasta qué punto las nuevas tecnologías reproducen las desigualdades?

30 de octubre de 2026 | Michelle N. Ponce Silva

Fotografía del panel de expertas

Desde el uso de las redes sociales hasta las aplicaciones que utilizamos para controlar nuestra alimentación, actividad física, ciclo menstrual o bienestar, las nuevas tecnologías se han convertido en una parte fundamental de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, aunque muchas de estas herramientas se presentan como una oportunidad para conocer mejor nuestros cuerpos y mejorar nuestra salud, es inevitable cuestionarnos hasta qué punto reproducen los estereotipos, desigualdades y violencias de género que siguen presentes en nuestras sociedades. Porque las tecnologías no son neutrales, ni se encuentran aisladas de los contextos sociales, culturales y políticos en los que son creadas y utilizadas.

Es por eso que el pasado 15 de octubre, desde el equipo de Educar para la Igualdad de Fundación Mujeres asistimos a la Jornada Científica Internacional de Salud Digital y Género, organizada por el equipo del proyecto SaludDigitalEdu de la Universidad Complutense de Madrid. Un espacio de encuentro y reflexión en el que investigadoras y especialistas de diferentes países abordaron los retos y oportunidades que presentan las tecnologías digitales para la salud, especialmente entre la población joven, y la importancia de analizarlas desde una perspectiva crítica y de género.

Durante la jornada, una de las principales reflexiones giró en torno a cómo las nuevas tecnologías no solo transforman nuestras formas de entender y cuidar el cuerpo, sino que también pueden reforzar los mandatos y expectativas que históricamente han condicionado la vida de las mujeres. Desde los ideales de belleza y los cuerpos normativos que circulan en redes sociales, hasta las aplicaciones que nos indican cuánto debemos comer, ejercitarnos o descansar, seguimos encontrándonos frente a modelos que nos dicen cómo deberíamos vernos, comportarnos y vivir.

Ya que, aunque cambien los medios y las formas en las que se transmiten estos mensajes, muchas de las exigencias sobre nuestros cuerpos continúan siendo las mismas.

Exigencias que pueden reforzar formas de presión y violencia simbólica que normalizan la necesidad constante de vigilar, modificar y adaptar nuestros cuerpos a determinados estándares. Una realidad que se ve reflejada en el estudio Autopercepción de la imagen de las mujeres en los nuevos entornos digitales, publicado en 2025 por el Instituto de las Mujeres, en el que el 56,7 % de las jóvenes encuestadas, de entre 18 y 30 años, manifestó sentir presión por parecerse a las mujeres que aparecen en los contenidos digitales.

Estas desigualdades también se abordan en la Guía Salud Digital y Género, coordinada por María José Camacho-Miñano y Emma Rich, en la que se advierte cómo los contenidos digitales continúan reproduciendo ideales corporales diferenciados según el género, asociando los cuerpos femeninos saludables con la delgadez y la tonificación, y los masculinos con la musculatura.

La guía también señala cómo las aplicaciones de seguimiento y los algoritmos pueden reforzar estas exigencias, otorgando cada vez mayor importancia a los números y datos que registramos sobre nuestros cuerpos, incluso por encima de nuestras propias sensaciones y experiencias.

En este sentido, durante sus intervenciones, las ponentes nos invitaron a reflexionar sobre cómo nuestras interacciones cotidianas con las tecnologías digitales transforman la manera en que experimentamos nuestros cuerpos, construimos nuestras identidades y nos relacionamos con la salud. Investigaciones como la realizada por Michaela M. Rogers y sus colaboradoras sobre la violencia facilitada por tecnologías en las relaciones de pareja han identificado diferentes mecanismos de vigilancia, intimidación y control, que pueden desarrollarse a través de dispositivos y aplicaciones de uso cotidiano

Asimismo, el organismo australiano eSafety Commissioner advierte cómo los dispositivos de seguimiento de la actividad física también pueden ser utilizados para controlar la alimentación, el peso o el ciclo menstrual de una pareja. Es decir, el problema no radica únicamente en la información que estas tecnologías pueden recoger, sino también en quién tiene acceso a ella, cómo se utiliza y hasta qué punto puede comprometer nuestra autonomía, privacidad y libertad.

De igual forma, estas reflexiones nos invitan a reconocer que las desigualdades y violencias que se reproducen en los espacios digitales no siempre se presentan de manera evidente. Mientras algunas se manifiestan a través de amenazas, insultos, humillaciones, acoso o comportamientos de control, otras presiones pueden encontrarse normalizadas en los contenidos que consumimos diariamente. La exposición constante a cuerpos idealizados, los comentarios que cuestionan nuestra apariencia o los mensajes que nos responsabilizan individualmente de alcanzar determinados estándares de belleza.

Y aunque no toda presión estética constituye por sí misma violencia psicológica, cuando estos mensajes se manifiestan mediante ataques, humillaciones, acoso o intimidación por razón de género, también pueden constituir formas de violencia facilitada por las tecnologías. En ese sentido, no podemos hablar de salud y bienestar sin cuestionar las presiones, desigualdades y formas de violencia que condicionan nuestra relación con nuestros propios cuerpos, tanto dentro como fuera de los espacios digitales.

Así mismo, durante la jornada también se abordó el papel que desempeñan las redes sociales como espacios de aprendizaje e intercambio de información sobre la salud, especialmente entre niñas, adolescentes y jóvenes. Espacios que pueden facilitar el acceso a contenidos más cercanos y comprensibles sobre temas que tradicionalmente han estado rodeados de silencios, vergüenza o desinformación, pero en los que también circulan discursos que reproducen estereotipos y recomendaciones sin suficiente respaldo científico.

  • Investigaciones como la realizada por Clare Southerton y Marianne Clark sobre la información ginecológica en TikTok permiten reconocer tanto las oportunidades educativas de estas plataformas como la importancia de cuestionar la información que circula en ellas. Fenómenos como la hormonofobia, las tendencias relacionadas con la sincronización del ciclo menstrual (cycle syncing) o la creciente presencia de influencers de salud y bienestar nos invitan a preguntarnos no solo qué información consumimos, sino también quién la produce, qué intereses existen detrás y cómo puede influir en las decisiones que tomamos sobre nuestros propios cuerpos.

Por lo tanto, es importante reconocer que las tecnologías digitales no pueden comprenderse sin tener en cuenta las relaciones de poder, los estereotipos y las desigualdades que intervienen en su diseño y utilización. Esto no significa que debamos rechazarlas o considerar que sus efectos son necesariamente negativos, sino que debemos aprender a identificar sus posibilidades, reconocer sus limitaciones y cuestionar aquellas prácticas que puedan comprometer nuestra autonomía o reproducir nuevas formas de discriminación.

Para ello, también es fundamental escuchar las experiencias de las personas jóvenes, reconocer sus necesidades y hacerlas partícipes en la construcción de conocimientos y alternativas que les permitan relacionarse con estas tecnologías desde una perspectiva más crítica y autónoma. Una propuesta que también se encuentra presente en las investigaciones y recursos educativos desarrollados desde el proyecto SaludDigitalEdu.

Noticia elaborada con el apoyo de Keyvia Salsa, voluntaria de Fundación Mujeres.