Me lo repito como un mantra

Me voy quitando la piel como si de una cebolla se tratara. Cada vez más delgada. Mi piel llena de hematomas, como una cebolla podrida por partes. Por eso debo terminar ya con esto. <<Todo tiene un final. Todo tiene un final>>, me repito como si fuera un mantra.
Miro la hora, se acerca el momento en que llega del trabajo. Corro, meto cuatro prendas en una bolsa. Da igual lo que coja. Lo mejor es salir ya, rápido, antes de que llegue, y vea que la comida no está hecha y tenga otro motivo para zurrarme, o vea que en la nevera no quedan cervezas y descargue su ira en mi espalda, o simplemente se dé cuenta de que el recibo de la luz ha subido este mes, y me culpe con insultos como: —¡Gandula, estás todo el día viendo la tele, a ver si te duele el gasto de la luz!— y vuelva a golpearme una vez más.
<<Todo tiene un final. Todo tiene un final>>. Que no me encuentre es el objetivo. Abajo está esperándome Mariana en su coche, la trabajadora social de la oficina de la Mujer. Ella me ha mostrado una luz a la que seguir. Dice que me acompañará al centro de acogida para mujeres que están en circunstancias similares. ¿Hay más mujeres como yo? Jamás lo pensé. Una no piensa esas cosas, claro.

MZ