Eres mía

Ella salió del cuarto lista, él la vio, no dijo nada, no otra vez, se acercó pensando: “¿esta estúpida no entiende que no puede usar esa ropa?” El sonido de la bofetada quedó opacado por el de la pollera que, arrancada, quedó hecha jirones en el piso.
La segunda bofetada sí fue acompañada de palabras hirientes, descalificadoras mientras él resolvía que ella le había hecho pasar tan mal rato que ya no saldrían.
—Mejor ve a la cocina y prepara algo rico porque hoy cenamos aquí. Y acostúmbrate de una vez a usar pantalones que para eso te los regalo.
Ella salió al patio, abrió la jaula del jilguero, lo empujó para que se animara a salir y pensó: “mañana seguiré tus pasos”.
Regresó adentro y preparó su mejor cena, la última.

Anette