Mi primera vez

Me miró con esa nariz tumefacta, bulbosa, encendida por el alcohol. Los párpados al derrumbe. “Ven aquí, pequeña mía”, tirándome del brazo. Yo me deshilacho y convierto en silencio; su aliento a intestinos grita más fuerte que yo. “¿Es que todavía no te has acostado con nadie?”, dice atragantando un gesto que aspira a sonrisa. Pobre diablo; ahora lo digo: pobre diablo. Antes no hubiera podido decirlo, imposible, ni siquiera pensarlo. Antes no, en los últimos cincuenta años, no. Él, hermano de mi padre, desmocha las ramas de un árbol que de familiar tiene el nombre. Yo, en el catre, después de hacerlo o, mejor dicho, de que me lo hagan, me desangro de pureza y genealogía. “Y tú ya sabes: de esto, ni una palabra”. No tiene de qué preocuparse; ¿cómo abrir la boca?, ¿cómo hacer ese daño a mis padres? Recuerdos de adolescencia usurpada, que son la llaga de una condena al secreto. Hoy rompo los lazos con el sigilo, la culpabilidad, el misterio; me miro en el espejo del tiempo. Nunca hasta hoy me había atrevido. Armada de valor, vuelvo al origen, regreso y recompongo mis fueros. Alzo la voz y, quizás en lo más importante, dejo por fin de ser virgen. Hoy es la primera vez que lo cuento.

Pedro Buezas